C. Paola Then Payano,

La Multitud.

“La negrería con sus olores de cebolla frita

vuelve a encontrar en su sangre derramada

el gusto amargo de la libertad”

Aimé Cesaire.


Para nadie es un secreto que entre las herramientas ideológicas más importantes del colonialismo están la mirada antropológica y la narrativa etnocéntrica con las cuales crean una diferencia entre pueblos y grupos humanos, para oprimir a unos y justificar el privilegio de otros. Por mirada antropológica no decimos “mirada de la antropología”, sino que nos referimos a una corriente reaccionaria que dentro de la antropología ha servido para “arrojar fuera de la cultura, hacia la naturaleza, lo que no vive según nuestras normas”, como dijera Claude Levi-Strauss en su libro Raza y Cultura. Esta condición de pseudohumanos para algunos grupos, es lo que usan las clases opresoras como excusa para su imponer su hegemonía; porque son ellos los elegidos, los válidos, la norma. Son los oprimidos la chusma, los desviados, los anormales. En el campo de la teoría racial y las luchas de los pueblos racializados en nuestro continente, la mirada hegemónica del europeo imperialista, de este hombre que europeo que fue primero esclavista, que ahora es capitalista, es la norma; su cultura, es la civilización. Pero hemos resistido. Hemos luchado y no es mi intención hacer todo el recuento de cuánto, sino destacar cómo la cultura de nuestros pueblos originarios y de la población afrodescendiente, lejos de adormecer, lejos de contemplar, es una cultura de resistencia, de lucha, a menudo, de insurgencia y combate frontal. Aun en las colonias de mayoría blanca que han devenido en el imperio EE. UU., nuestras luchas no dieron tregua. Esas tierras fueron escenario de las luchas y la producción teórica más importante en el campo de la resistencia de los ciudadanos negros y de otras etnias calificadas de “no blancas” en el último siglo. Aun quienes no vivimos la época nos estremecemos con Martin Luther King, Malcom X o más aún, levantamos el puño enguantado con las Panteras Negras.

Los países de América del Sur y del Caribe Antillano somos los más mestizos; esta región: la más negra del continente, puesto que en las demás regiones, existimos en condición de minoría. Sin embargo, en la particular experiencia dominicana, la mirada y el discurso colonial nos han hecho interiorizar un racismo y una insatisfacción con nuestras herencias ancestrales que es necesario combatir. Y para ello, la cultura en su definición más amplia, es una herramienta insoslayable. Desde una perspectiva de clase, se ha combatido por nuestra propia dignidad en los movimientos literarios. La obra de las escritoras y escritores afrodescendientes como Alice Walker, Toni Morrison o más cerca de aquí, Jacques Stephen Alexis o Jacques Roumain está presente al centro del rescate de nuestra historia, nuestro uso particular de las lenguas coloniales, la representación no estereotipada de nuestras sujetas y sujetos. Pero lejos de ser la cultura solo pensamiento escrito, alta obra de la cerebración, como dije antes, es también mitología, baile, música, color. Es la guerra y la paz. Es la comida y las formas con las que elegimos combatir el hambre.

La lucha de nuestros pueblos es pues una lucha cultural y política, donde la idea subversiva enciende la acción insurgente. Codependientes, la identidad cultural y la libertad material andarán de la mano un largo trecho, recorrerán juntas la poética del futuro de las que nos habló Marx. Se piensa para subvertir. Pero también se baila pensando, se subvierte bailando, se reza y se maldice para iniciar las revoluciones, como esta que desembocó en la primera Dignidad de América, la revolución que inició Boukman en un culto petró hace más de doscientos años en la que hoy, a pesar de la invasión, sigue siendo la República de Haití. Esta, como aquella noche invocamos el poder de nuestra historia, la dignidad de nuestros ancestros. Y lo hacemos rescatando el vudú, porque esta religión no se trata de poderes abstractos, de seres fabulosos, de dioses inalcanzables: en el Vudú, se trata de memoria, de revivir a nuestros ancianos que hoy son Dioses, nuestros ancianos que fueron guerreros, guerreras, curanderas… En el culto Vudú, servir a un Loá es servir a su principio, al concepto que el Ser representa, no a la materia que alguna vez la pudo encarnar; en el vudú miramos a la guerra o al amor; la justicia, la lucha comunitaria; la producción en el campo, la salud, miramos a la sabiduría en cada Loá, legada para proteger a su comunidad y conducirla a un bien eterno. Porque creemos que la religión es esto: bienestar en el aquí y ahora, no sacrificio; dignidad comunitaria, no salvación individual. Este culto es una transmisión de saber que es poder. Es un ejercicio de la memoria, porque el olvido trae silencio, trae opresión, nos vence el olvido antes que las armas.

La Multitud, para hacerse participe de las actividades conmemorativas del Año de la Afrodescedencia declarado por la UNESCO, apuesta por una movida estratégica y subversiva. Nos sumamos, pero no para presentar un producto estilizado, folcklórico, homogeneizado y aséptico, para ser consumido como mercancía por una “Cannibal Culture” y por unos turistas que acasos nos devuelven un poco del bienestar que sus países nos han robado; nos sumamos para combatir una mirada que nos hace exótico objeto de consumo, que nos preservará “diferentes” respecto a una norma blanca, y sin libertad; nos sumamos para contribuir a una narrativa que nos haga iguales, libres y diversos; nos sumamos, pero para hablar de autenticidad, dignidad, resistencia… y para que algún día escuchemos nuestras voces de esta noche repetirse en la memoria de nuestro pueblo, para vernos inmortalizados en lo que dice, en lo que cree, en lo que hace nuestro pueblo liberado.

28 de Septiembre de 2011, Santo Domingo, República Dominicana.